El día que decidí prestarle mi espalda a mis alas

A menudo pensamos que la paz es un estado mental o que la libertad es un concepto que se escribe en los libros. Pero la vida me ha enseñado que el alma no puede volar si el cuerpo no se lo permite.

Durante mucho tiempo, mis alas fueron invisibles, hechas de deseos y suspiros que no se atrevían a tocar la tierra. Pero un día comprendí que para habitar mi propia luz, tenía que ponerle el cuerpo a mis sueños.

Ponerle el cuerpo es dejar de esperar el momento perfecto para sentirme «lista». Es ponerme de pie frente al muro de mi realidad —con mis sombras, mis cicatrices y mi historia— y decidir que hoy voy a coronarme a mí misma.

«La soberanía no te la da nadie; te la devuelves tú cuando dejas de pedir permiso para existir.»

Esta foto que ves no es solo una imagen en un muro; es un recordatorio de que mi espiritualidad tiene pies, tiene manos y tiene una sonrisa que ya no se esconde. Mis alas ya no son de humo; hoy tienen el color de mi alegría y la fuerza de mis pasos.

En Alavitae, no buscamos ángeles perfectos, buscamos seres humanos que, aun con los pies en el cemento, se atrevan a desplegar su plumaje.

Hoy te pregunto a ti, que me lees: ¿Qué parte de tu sueño está esperando a que le prestes tu cuerpo para hacerse real?


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