Eco 1 :El dia que deje de huir

El día que dejé de huir

Huir no siempre se nota.


A veces se disfraza de responsabilidad,
de “estar bien”,


de seguir siendo quien todos esperan.

Se parece a llenar los días,
a no dejar espacios en blanco,
a sonreír cuando por dentro algo pide silencio.

Yo también huí de mí.
No con pasos,
sino con ruido.



con palabras que no decían lo que sentía,
con una vida que se veía correcta… pero no se sentía mía.

Con decisiones que no nacían de mí,


Había una incomodidad constante,
sutil, persistente.
Como una voz baja que nunca se iba,
pero que yo aprendí a ignorar.

Y entonces lo entendí:
no era la vida la que me estaba drenando,
era la desconexión.

Estaba lejos de mí.
Y esa distancia… pesa.

El día que dejé de huir no fue valiente.
Fue honesto.

No hice nada extraordinario.
No cambié todo de golpe.
No tomé decisiones radicales.

Solo me detuve.

Me senté conmigo,
sin distracciones,
sin explicaciones,
sin intentar arreglar lo que sentía.

Y fue incómodo.

Porque ahí estaba todo:
lo no dicho,
lo no sentido,
lo postergado,
lo que dolía… y también lo que anhelaba.

Por primera vez, no corrí.

Me quedé.

Respiré dentro de lo que evitaba.
Sostuve lo que antes soltaba.
Escuché sin interrumpirme.

Y algo en mí… se suavizó.

No porque todo se resolviera,
sino porque ya no me estaba dejando sola.

Ese día no encontré respuestas.
Pero encontré presencia.

Y entendí algo que cambió todo:

no necesito tener la vida clara
para poder habitarme.

Hasta que un día… ya no pude.

No fue un colapso.
Fue un cansancio profundo.
De sostener lo insostenible.
De cargar una versión de mí que no era verdad.

El cuerpo habló primero:
agotamiento sin motivo,
pesadez en el pecho,
una sensación de lejanía… incluso estando conmigo.

Desde entonces, huir no desapareció.
Pero dejó de tener el control.

Ahora lo reconozco.
Lo miro.
Y elijo distinto.

A veces vuelvo a irme…
pero ahora sé regresar.

Y regresar a mí
ya no es un esfuerzo.

Es un acto de amor.

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